Consumo colaborativo

El consumo colaborativo gana seguidores, gracias a las nuevas tecnologías e Internet, pero también detractores. El consumo colaborativo, también llamado “economía compartida”, reinventa las formas tradicionales de compartir, colaborar, intercambiar, prestar, alquilar y regalar que ya existían y las redefine, amplia y orienta, gracias a las nuevas tecnologías, redes sociales e Internet. Sin embargo, son muchos los sectores del llamado “consumo tradicional” que se oponen a este tipo de economía alternativa. El siguiente artículo lo describe claramente:

Consumo Colaborativo Billetes

Una nueva tendencia económica se abre paso en la agotada cultura del consumo
(de un artículo por Rosae Martín Peña, Equipo de Redacción Ecoportal.net; Ambiente y Sociedad, Año 15, Nº 607, Jul.21, 2014)

Frente a la idea nuclear del consumo tradicional de ser propietario de bienes y servicios, el consumo colaborativo es un amplio y variado movimiento que defiende el acceso a esos bienes y servicios, pero sin poseerlos. En la web de consumo colaborativo de Albert Cañigueral se recoge que “la sociedad de propietarios, el hiperconsumo, y el diseño para la basura son, simplemente, insostenibles”. Entre los beneficios que se obtienen de la forma de consumo colaborativo está la reducción de la huella ecológica asociada a la fabricación, ya que se fabrican menos productos. Por otra parte, se pretende que se generen productos más resistentes, reparables y eficientes.

Los tres grandes sistemas de consumo colaborativo que se conocen y que más consolidados están, en primer lugar, el sistema que se basa en el uso compartido de productos, es decir, se paga una cantidad de dinero para usar un bien o servicio sin necesidad de comprarlo.

Un segundo sistema de consumo colaborativo es el de los mercados de redistribución, que redistribuyen bienes usados o adquiridos, y que ya han dejado de ser útiles para determinados consumidores.

El tercer sistema lo conforman los estilos de vida colaborativos, y se caracteriza por personas que tienen intereses comunes, y que se unen para compartir o intercambiar bienes. Algunos ejemplos son: los bancos del tiempo, las monedas alternativas o los grupos y cooperativas de consumo. Es la forma más social de entender el consumo colaborativo, y la menos ligada a motivaciones empresariales y más a la defensa del entorno y de la calidad de vida.

A medida que el consumo colaborativo crece con fuerza, los sistemas tradicionales de consumo comienzan a interpretar algunas de sus manifestaciones como “competencia desleal”. Ciertos servicios de Internet que permiten poner en contacto a conductores particulares para viajar por las ciudades son criticados por empresas de taxis, oposición que ha encontrado eco en algunos gobiernos.

El consumo colaborativo como alternativa a un modelo económico que actualmente es insostenible obedece a una capacidad creativa de dar respuesta a las necesidades sociales, económicas y ambientales, teniendo en cuenta las posibilidades que nos ofrecen las nuevas tecnologías.

Fuentes:  Ecoportal.net y Tendencias21.net

Artículo original

Sobre Jorge Casale 211 Artículos
Ingeniero Químico, Univ. de Buenos Aires M.S. en Tecnología de Alimentos, Univ. de Georgia, EEUU Miembro del Comité de Normas, IFOAM (Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica) Miembro Fundador MAPO (Movimiento Argentino para la Producción Orgánica) Editor del blog sobre producción orgánica y sustentabilidad: www.allorganics21.blogspot.com Ex-Director Técnico CITIL (Centro de Investigaciones de Tecnología Láctea) y Ex. Coordinador Centros de Investigación, INTI, Argentina Primer productor y exportador argentino de prendas para bebe en algodón orgánico.

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